LAS LOCURAS DE LUCIO: SOY JOVEN


David Cibrián Santacruz

Soy joven; estoy mirando la puerta amplia
del futuro promisorio que me espera.
Aunque no lo diga, aunque públicamente
no valore a quienes la sostienen abierta,
ahí están mis padres con el sacrificio diario,
están los maestros de gesto obsesionado
pretendiendo encauzar mis energías,
mi entusiasmo desbordado.

¡Soy joven!… como tantos del pasado.
Llevo ideales que parecen absurdos
porque nacen de la inexperiencia.
Llevo sueños también, de cambios radicales,
porque claramente veo lo que anda mal.
Aunque duela decirlo, aunque duela…
atesoro ignorancia involuntaria
y ceguera que duele, que lastima.

En mi agenda cotidiana soy alegre,
llevo el desparpajo de los pocos años,
y río… y río y grito celebrando simplezas,
aplaudiendo cualquier cosa que se llame tontería.
A la vista de mi pueblo asalariado, azorado,
soy un loco, falto de juicio, un orate;
porque grito de la nada, o del mundo me olvido
si me pongo a textear en mi caro celular.

¡Bendito tiempo de modernidad…
de compartir videos y selfies en la red,
de vagar con los audífonos puestos
y olvidarse del mundo tan lleno de problemas!
¿Por qué debo complicarme la vida?
¿Por qué debo mortificarme?
¿Por qué en plena juventud debo amargarme,
si casado no soy y ni siquiera trabajo?

Cuando vuelvo de mis fugas mentales
por culpa del amigo, del compañero…
¡La señora! -Me dicen tomándome los hombros-;
¡El asiento, tarado, el asiento!
¿A quién le importa la señora o el señor,
si van parados o sentados?
¿A quién le importa un comino
las normas de la urbanidad?

¿No son acaso problemas suficientes
las materias, los horarios, las tareas?
¿No es acaso suficiente llevar los pesos contados
para tortas y camión destartalado?
¿Señora? ¿Señor? ¡Bola de imbéciles!
¿Por qué debo sacrificar la juventud
en bien de las mujeres y los hombres viejos?
¿Por qué, por qué?

A veces pasa fugaz allá en la escuela,
efímera la luz de la conciencia;
y se repite como eco intermitente
una voz impertinente que cuestiona:
Es el sermón del profesor «acelerado»,
el que ríe claramente desquiciado.
¿Ustedes -dice carcajeante, sin recato-,
ustedes aprobando mi materia?

No les pido que asimilen la ética en teoría,
la bendita ética que limpia los traseros
de ciertos funcionarios;
no les pido que exenten
una clase propia ya de los museos;
solo quiero que miren el entorno
y que hagan realidad la justicia social
y las viejas y olvidadas Normas de la Urbanidad.

¡Que no les valga madre la suerte del hermano!
¡Que no miren con desdén a los ancianos,
que buscan un asiento en los urbanos!
Que les hierba el rostro de vergüenza
ante una mujer que esté de pie;
porque puede ser la madre, o la hermana,
la abuela, o la novia de un compañero,
o tal vez una dama en desamparo.

Que no los seduzca el complejo de los leones
y se vuelvan reyes en la selva citadina,
tan pronto como salen de mi clase.
No se vuelvan en contra de su gente
porque son jóvenes y fuertes…
porque siguen ya una carrera.
¡No, no recuerden este mentecato
si altaneros abusan de su gente!

Así deja el profesor «acelerado»,
que fluyan los lamentos de su corazón.
Y piensa tristemente, piensa,
en la burda intención del estudiante,
en la cruel paradoja de su tiempo,
de morder antes, de morder después,
la bendita mano del benefactor
que tanto da a la cultura del esfuerzo.

¡Quién pudiera forjar nuevos ideales!
Hacerlos menos ambiciosos, menos radicales,
menos revolucionarios, más reales.
Pero, ¿cómo vamos a cambiar el mundo,
si los derechos del amigo, del hermano,
y aun el de los padres se van atropellando?
¿De qué sirve un profesionista
con ideal de explotador?

¡Soy joven; estoy mirando la puerta amplia
del futuro promisorio que me espera!
Aunque no lo diga, aunque públicamente
no valore a quienes la sostienen abierta,
ahí están mis padres con el sacrificio diario,
están los maestros de gesto obsesionado,
pretendiendo encauzar mis energías,
mi entusiasmo desbordado.

David Cibrián Santacruz
Jueves 30 de noviembre del 2017.
21:19.

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